La seca
SOCIEDAD

La seca

Durante la barbarie en Monterrey, comprar mota era casi una misión imposible; pero, sin importar los peligros, muchos se arriesgaron a conseguirla

 Por Alexandro Aldrete

Ilustración: Frida Villegas

 Habían pasado tres días que no encontrábamos nada. Temprano en la mañana, de aferrados, ya íbamos en el auto decididos a completar la misión. Llamadas, mensajes y preguntas casuales por la calle. Todo estaba muerto. Éramos cinco. Julio era el más fresa y él traía el auto. Venía con su camarada, el Chilaquil, que nadie conocía. También estábamos El licenciado, su hijo y yo.

El licenciado era el más desesperado. Llevaba años de no pasar por algo así. Lapsos de abundancia cortados de tajo. Era un tipo de aspecto rudo y nervioso, siempre estaba sudando. Tenía dos profesiones a las que se dedicaba con empeño y amor: era abogado y dealer de mota. Vivía en ese lugar donde las dos vocaciones se juntan: le vendía la mota a sus clientes y luego los sacaba del bote cuando los agarraba la policía.

En su casa, todos participaban en el negocio. Ir a conectar ahí era como ir a dar la vuelta por Galerías Monterrey los viernes por la tarde en los 90’s: siempre te encontrabas con conocidos. El licenciado creaba esa extraña relación de confianza dealer-cliente que no es tan común. Si alguien le iba a comprar una tacha le daba dinero para que le trajera una caguama del depósito. Si no tenía nada qué hacer, te invitaba a pasar y ver la televisión con él. Disfrutaba el aspecto social del negocio.  

Unos días antes, el ejército había asegurado un cargamento importante de mariguana, lo que dejó a la ciudad en una seca inaudita, que estaba afectando a todo el consumo local. Para El licenciado esta situación le acarreaba problemas. Nostalgia por la acción de fumar y combinar cerveza con botana y los placeres que esto ofrece. Su vida doméstica se vio trastornada por la ausencia de uno de sus elementos primarios: la mota. El calor se sentía con mayor intensidad, el ruido de la tele más molesto. Esta misión era cosa seria.  

Así fue como el dealer pidió a cuatro de sus clientes que unieran esfuerzos con él en la búsqueda del último gallo de Monterrey. Apretados los cinco en un Atos rojo, confiábamos en que esto no tomaría más de un par de horas. No hubo más que negociaciones superfluas en la clandestinidad, siempre bajo el ojo de la policía que busca bajarte una lana. 

Comenzamos por el Copete del águila cerca de Aztlán, donde un morro de mirada inocente nos hizo esperar casi una hora para darnos la negativa. Burócratas, Valle verde, Mitras, Sierra ventana. No había nada. La moral estaba baja. Habíamos parado por tacos al mediodía contemplando con valentía la realidad de la seca. No había mota en Monterrey.

Nos lanzamos a la Indepe. Nos metimos en los recovecos donde solo un Atos puede entrar. El licenciado bajó del auto y se metió en un callejón que se internaba por el cerro. Ahí nos dejó escuchando música psycho y muriéndonos de calor.

Media hora después El licenciado regresó con un decepcionante guato de veinte pesos que en realidad eran diez y que le habían vendido en cien. No era más de un churro. Dijo que era mejor que nada, pero que le habían dicho de otro conecte más abajo en la colonia. Era una casa cualquiera donde una señora barría la banqueta. El licenciado entró y no le tomó más de 15 minutos salir con 250 pesos bien servidos. 

Ya de vuelta en casa, El licenciado tomó lugar en la mesa de su comedor y abrió el paquete envuelto en papel periódico. La mota se veía seca y lejos de su mejor momento. Fumamos y nada. Hierba muerta. Un día para encontrar eso. Nos pusimos de acuerdo, la cita era otra vez a las 7 a. m. Alguien, en algún lugar, tendría lo que buscábamos. 

Texto publicado originalmente en el semanario El Barrio Antiguo en el 2013.

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abril 23, 2020

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